Newsletter #6 – Adiós al Blockbuster y bienvenida al Terabuster
En 2025, el top 5 en la taquilla norteamericana ha concentrado más de 80% de los ingresos y ha desplazado el resto del cine. Los Blockbusters son ahora Terabusters que arrasan con todo.
Buenos días,
Por si hay algún despistado: hoy se estrena un nuevo Superman. Es el gran acontecimiento después del gran acontecimiento de Jurassic World, y justo antes del gran acontecimiento de Fantastic Four.
Cada vez más, la cartelera —y especialmente en verano— parece un Día de la Marmota en bucle, donde cada fin de semana se repite la misma vorágine mediática y popular. A los pocos días, ese megaestreno ya parece parte de otra época, como si apenas se hubiera estrenado. La presión de los grandes eventos cinematográficos es uno de los signos más reveladores del estado actual de la exhibición en salas.
La era del Terabuster y el declive del resto
La era de los blockbusters ha terminado. Estamos inmersos en lo que podríamos llamar la era de los Terabusters: eventos multiplicados por mil, tanto en costes como en impacto comercial. La duda que sobrevuela a estos terabusters es su escaso impacto sociocultural, al tratarse en su mayoría de remakes, secuelas o refritos de productos anteriores imposibles de reinventar o sugerir nada. Si antes los Blockbusters eran sobre una fórmula vista desde varios puntos de vista, los Terabusters son una repetición el loop de lo mismo sin una variación clara. Nada nuevo, pero los datos merecen atención.
Durante el primer semestre de 2025, el top 5 de la taquilla norteamericana ha concentrado un impactante 82% de los ingresos del fin de semana, dejando solo un 18% para el resto. Esta cifra supone un aumento de siete puntos respecto al mismo periodo de 2019, cuando el top 5 generaba un 75% y dejaba más margen para el resto de la cartelera.
Si miramos los números, la imagen es clara: el top 5 ha funcionado como motor de mantenimiento, mientras el resto se ha desplomado. En estos primeros seis meses, ese grupo ha generado más de 2.400 millones de dólares —un 22% menos que en 2019—, pero aún así se mantiene por encima de 2024. Por el contrario, el resto de la cartelera ha pasado de 890 millones a 509 millones, una caída del 42,3%. Y más allá del top 10, el desplome es brutal: solo 168 millones frente a los 362 millones de 2019.
Esto explica y justifica el porque empresas como A24 o Neon han tenido que mover sus objetivos a proyectos con mayor potencial ya que corrían el riesgo no solo de morir de éxito sino de morir ahogados en unas arenas movedizas.
Veamos el desglose:
El top 5 concentra un 82% de los ingresos y cae un 22% respecto a 2019.
El top 6-10 suma un 11,7% y cae un 35%.
El resto de la cartelera representa solo el 6,3% y cae un 53%.
Estos resultados invitan a pensar en la grave crisis que vive el cine indie, algo que ya hablamos en el pasado Newsletter, pero que en este caso es importante señalar el grave problema estructural que vive en un paradigma demasiado polarizado y con escasos ingresos para los que se caen en los márgenes
Panorama español: la indiferencia es el gran enemigo
En las salas españolas, el escenario es particular: el descenso entre el top 5 y el resto de la cartelera es prácticamente idéntico. En otras palabras, la misma cantidad de espectadores se ha perdido tanto en los grandes eventos como en las películas menores.
Hasta ahora, el top 5 ha sido responsable del 71% de los ingresos, prácticamente la misma cuota que en 2019. Sin embargo, también ha sufrido una pérdida del 27% de ingresos. Y lo mismo ocurre con el resto del top 25, que también ha caído un 27%. Es decir, el descenso en la taquilla española no se concentra en un tipo de cine, sino que es generalizado.
Sí hay matices: pese a que el público mainstream ha descendido, quienes siguen yendo están dispuestos a pagar más por formatos premium. En cambio, el espectador más indie se refugia en filmotecas o salas alternativas con precios simbólicos.
¿Qué implica esto? Que la audiencia española sigue resistiéndose a recuperar la experiencia de ir al cine, tanto para los grandes estrenos como para propuestas más pequeñas. El desdén domina el panorama, con contadas y puntuales excepciones que logran generar ruido suficiente. Pero esta realidad alimenta un problema estructural compartido entre España, EE.UU. y otros mercados: la explotación comercial en salas funciona solo en dos extremos —Terabusters y Festibusters—, más allá de eso, el vacío.
Los Festibusters —películas con prestigio de festival que logran romper la taquilla— se han convertido en la gallina de los huevos de oro para las distribuidoras locales. Pero los festivales son cada vez más competitivos y están centrados en un puñado de títulos. Esto hace que solo unas 30 películas al año logren dar el gran campanazo. Como señalé en el anterior newsletter, la irrupción de los estudios en la compra de estos títulos independientes añade un nuevo elemento de riesgo para el sector: los festibusters ya no están al alcance de todos.
Bienvenidos a la jungla
Una de las grandes contradicciones de la creación cinematográfica actual es esta: la democratización de la producción convive con una macrocentralización absoluta de las vías de monetización de este contenido.
Producir cine parece hoy más accesible —gracias a la tecnología y al aumento de ayudas públicas—, pero conectarlo con la audiencia en sala se ha vuelto más difícil que nunca. Las salas son un entorno hostil para los nuevos talentos, y la ventana comercial se estrecha cada vez más. Quienes logran entrar en este espacio, incluso fracasando logran mayor exhibición, pero si observamos la long tail del cine puede generar pesadillas a más de un padre que reciba la fatídica frase de “papá, quiero ser cineasta.” Una frase que cambia mucho dependiendo del estrato social en el que se pertenezca, pero esto es un melón que daría para tres newsletters.
¿Qué soluciones hay? Parte del cambio pasa por crear sistemas públicos de exhibición, circuitos alternativos que no impliquen los costes extremos del circuito comercial, las necesidades comerciales de ese, y permitan la visibilidad de otras propuestas. Hoy por hoy, entrar en el circuito tradicional es una misión imposible para el cine no-mainstream y cuando las salas pueden adaptar pases especiales, prefieren hacerlo en propuestas de ciclos con cierta viabilidad sea por nostalgia, clásicos, o presentaciones con coloquio.
Si por un lugar hay que seguir explorando e inventando es en generar espacios cinematográficos capaces de poder regenerar el tejido cinéfilo, una realidad educativa muy necesaria porque sino esto es una cuenta atrás. Esto no es cosa de festivales, que viven en espacios muy limitados de tiempo, sino en ciclos que puedan reforzar y dar continuidad a esos festivales.
La era Terabuster puede ser terrible para la vida en cines y quien no sea consciente de esto, le toca. Es importante buscar alternativas y adaptación porque con otro contenido cayendo en manos de estudios esto reducirá más la cuota de mercado de algunos jugadores clave de nuestro cine y de nuestra industria.
Y no os deprimáis, son épocas de cambio y adaptación. Hay que crecer en todo lo que se puede reinventar, no en lo que se pierde.
Nos leemos pronto.
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